En cuanto alcancé la puerta levanté el vuelo y miré rápidamente hacie atrás para ver a mamá de pie en la puerta, más no me siguió.
Llegué rápidamente a casa de Nidia y entré sin tocar. Su mamá, acostumbrada a mis entradas melodramáticas no replicó, ni siquiera levantó la vista del libro que leía.
-Está en su cuarto-me indicó.
Crucé la sala casi corriendo y me lancé a la cama junto a ella.
-¿No te dejó verdad?-preguntó.
-No, estoy destinada a quedarme en casa por los próximos diez años.
La miré y vi que ya trae puesto su vestido de fiesta y su cabello está peinado en suaves rizos.
-¿A qué hora te vas?
-En unos diez minutos, pero puedo esperar.
-No, descuida, volveré a casa.
-¿Por qué no me esperas y nos vamos juntas? Nos separamos hasta medio camino.
Sonreí.
-Está bien, no quiero estar sola.
-Sabes que me puedo quedar...-dijo pero su mirada me rogaba que dijera que no.
-Descuida, voy a estar bien.
La ayudé a terminarse de arreglar y salimos de su cuarto.
-Buenas noches señora-dije, un tanto arrepentida de mi entrada.
-Buenas noches Mel-dijo con una sonrisa.
-Ya me voy mamá-dijo Nidia.
-¿A qué hora regresas?
-No sé, te veo más tarde.
-Ok, diviértete.
"¡Así de simple!" pensé. A mi me hubieran hecho pasar por algo parecido a un interrogatorio judicial antes incluso de darme permiso.
Salí con Nidia y levantamos el vuelo. Habíamos recorrido la mitad del parque cuando escuchamos una voz. Como dicta la costumbre bajamos al suelo para evitar ser descubiertas.
-¿Qué es eso? Es demasiado tarde para que haya humanos por aquí.-dije.
-No lo sé, pero creo que no nos vieron. Debo irme Mel, nos vemos mañana.
-Adiós.
Nos abrazamos y ella salió volando rumbo al este. Me dispuse a volver a casa cuando la voz que había escuchado comenzó a gritar, llamando mi atención.
-¡Es por él! No sé como pude ser tan ciego...-decía una voz masculina.
-¿Sabes que no es así!-respondió otra voz, esta vez de chica.
Decidí acercarme un poco más para ver que sucedía. Subí a la copa de un arbol y miré hacia abajo.
Como deduje por las voces hay dos chicos discutiendo. De pronto él la tomó por los hombros y abrió un poco el cuello de su blusa.
-Entonces explícame que es esto.-dijo señalando una manchita roja en su cuello.
-No es nada-dijo ella cubríendose-seguramente lo hiciste y no te diste cuenta.
-¡Amanda por favor! Ambos sabemos que está pasando.
La chica dudo que contestar por un segundo, pero vi la resolución en su mirada antes de que volviera a hablar.
-Está bien, si salgo con Diego, pero tú tienes la culpa, últimamente ya nunca estás conmigo, necesito alguien con compartir mis cosas, mi tiempo.
-Y al parecer la cama- dijo el chico.
Ella levantó la mano y le dió una cachetada.
-Nunca vuelvas a hablarme así-dijo ella.
-No será un problema-dijo el dándose la vuelta.
-¿A dónde vas? ¡No puedes dejarme aquí!- gritó ella.
Pero el ni siquiera la miró si no que siguió su camino.
Me debatí sobre que hacer y decidí seguirlo. Caminó durante varios minutos, al parecer sin un rumbo fijo. Finalmente, ignorando el letrero de: "No pisar el césped" cruzó una serie de arbustos y se acostó sobre el pasto.
Por primera vez pude mirar su rostro.
No debe tener más de diecisiete años, su cabello es castaño claro y sus ojos son grises, aunque puedo asegurar que de día se verían azules.
Hermoso. Si, esa sería la palabra para describirlo. Su belleza me cautivó de una forma desconocida, nunca he conocido a un chico así.
Una lágrima resbaló por su mejilla mientras él mira las estrellas resplandecientes.
Siento un impulso incontrolable por acercarme y consolarlo, pero me detuve de una hoja para no moverme. Es la primera regla de nuestro mundo, nunca hablar con los humanos.
¡Odio tanto esto! Pero no tengo más opción que quedarme quieta sin hacer ruido.
Los minutos pasaron hasta formar una hora y luego dos. Él no se movió, continuó derramando lágrimas en silencio, y limpiándoselas de vez en cuando. Yo me mantuve en el árbol, admirándolo y ansiando reunirme con él.
Finalmente se puso de pie, ignorando la tierra que cubría la parte posterior de sus jeans. Hecho a andar y aunque dudé por unos instantes, fui tras él.
Se metió por unas calles desconocidas para mí, alejándose cada vez más del parque. Espeero que no tome algún tipo de transporte o de lo contrario lo perderé.
Pero no lo hizo. Después de unos quince minutos de caminar llegamos a una casa blanca con una sencilla puerta negra. Sacó una llave y entró.
Ya no lo seguí, corro el riesgo de quedar atrapada.
-"Si tan sólo supiera tu nombre"-susurré a la noche.
Remonté una corriente de aire para volver a casa, prometiéndome a mí misma que volvería.
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